De la misma forma que todos somos dueños de nuestro silencio y prisioneros de las palabras que decimos sin pensar, somos rehenes sufrientes de nuestras propias acciones irreflexivas.
Uno de nuestros actos poco analizados es el del voto en los comicios para elegir nuestros representantes político-institucionales.
Las características del sufragio son las de individual y secreto, pero podría sumarse una nueva categoría: la del voto olvidadizo.
Ante la coyuntura aparece el masivo “Yo no lo vote”.
Nadie voto a Menem, ni a De La Rúa, ni a los Kirchner, pero todos ellos ganaron los comicios presidenciales.
El Gobierno Nacional acaba de lograr adelantar en cuatro meses las elecciones legislativas de este año. Y en ese acto legalizado en el Congreso surgen a la luz muchas cosas.
La primera es que llevar los comicios al 28 de junio no es un signo de debilidad de la administración kirchnerista. Todo lo contrario, es una muestra de poder. Un Gobierno Nacional sin poder no puede aprobar en tiempo récord y con holgura en los votos, modificar el cronograma electoral.
Aún con el desgaste por confrontar con el sector que más riqueza produce, el Estado Nacional se mantiene fuerte por dos razones.
Una es puramente política y se la da una oposición que es repetida, egoísta, poco comprometida y demostradamente incapaz.
Es repetida porque siempre están los mismos; como protagonistas directos o detrás de la escena mostrando actores secundarios de ocasión están los eternos armando divisiones partidarias o rejuntes aliancistas.
Es egoísta porque no deja espacios para la renovación dirigencial. Para perpetuarse en el poder los seculares jefes partidarios usan al actor mediático del momento. Hace unos años el personaje que podía traer agua para ese molino era Blumberg y ahora lo son los dirigentes del campo.
Es poco comprometida porque se la pasan hablando en los medios de presuntas irregularidades en función de gobierno pero denuncias concretas ante la Justicia no hay o son totalmente inconsistentes; y son expuestamente incapaces porque en seis años de Gobiernos K, no pudieron ni una vez ser capaces de anticiparse políticamente a las jugadas de la conducción Kirchnerista.
Pero además de la inocuidad opositora que termina fortaleciendo al oficialismo, -y esperemos cambie este año-, el principal factor de poder de todo gobernante radica en un acto íntimo nuestro: el voto.
Es irrelevante que las elecciones sean el 28 de junio o en octubre. La cuestión no está cuando se elige, sino en como votamos.
En general tomamos el acto de sufragar, no como el derecho civil que nos hace copartícipes responsables en la construcción de una nación, sino en una carga que cada dos años nos pesa llevar.
Somos electores responsables?
Las pruebas nos muestran que no, y no se refieren solo al comicio en sí, sino a todo el proceso previo, que tiene varias aristas pero un denominador común: el de la falta de un compromiso participativo.
Por ejemplo, cuando nos designan como autoridades de mesa, asumimos dispuestos formar parte del proceso mediante el cual se define nuestro presente y el futuro de nuestros hijos, o tratamos de encontrar cualquier pretexto para esquivar la responsabilidad ?Cuando criticamos porque los candidatos se repiten o las temáticas de oferta electoral están vacías de contenido, no nos preguntamos porque no participamos en lo partidario para que las propuestas de ideas y nombres sea diferente a la habitual ?En el cuarto oscuro, nos tomamos el tiempo para repensar lo que ya deberíamos haber analizado, o metemos la boleta completa para perder poco tiempo posible e irnos a disfrutar del domingo?
Al momento de elegir los candidatos al Concejo Deliberante, que es el cuerpo mas representativo de nuestro electorado, analizamos si los ediles que ya nos representan en sus respectivos partidos se preocuparon por nosotros, defendieron los intereses de la gente, presentaron proyectos y controlaron al ejecutivo, o votamos por costumbre, por historia, por contagio, o por bronca?
Descartes dijo: “Pienso, y luego existo”.
Pensemos, y luego votemos.
Porque puede llegar el caso de que si continuamos votando sin pensar, dejemos de existir.
Hasta la próxima.
Marcelo N. Mouhapé Furné.
sábado 28 de marzo de 2009
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