El 7 de junio, -Día del Periodista-, es una fecha en la que los que hacemos periodismo solemos hacer uso y abuso de frases que sitúan a nuestra profesión en una especie de inmaculado poder supremo, ajeno a toda posibilidad de inconducta ética.
Y no es así.
Al periodismo lo hacemos seres humanos con el mismo nivel de falibilidad que la población en general. Y al igual que el resto, los periodistas también tenemos derecho a equivocarnos; la única diferencia es que la obligación a reconocer nuestro yerro pasa a ser masivo y público.
Es cierto que carecemos de autocrítica, y es una deformación profesional; estamos tan acostumbrados a ver la paja en el ojo ajeno que no advertimos el pajar existente delante de nuestros ojos.
También es real que faltan límites en el ejercicio de la profesión, y que no todo lo que un periodista sabe es publicable. El derecho a la intimidad debe ser respetado siempre, incluso el de los personajes públicos.
Al igual que a las escuelas, al periodismo se le han adosado otras responsabilidades sociales, pero básicamente nuestra función pasa por tres ejes, que son los de informar, formar y opinar.
En cuanto a brindar la información pura, debemos tener presente que el ejercicio responsable de nuestra profesión nos aproxima a la verdad, pero no asegura que todo sea cierto, porque nadie tiene la verdad absoluta.
En lo que respecta a la formación ciudadana, tengamos en cuenta que no debemos ser especialistas en todo; si tenemos que procurar brindar el canal de comunicación a los entendidos en la materia para que ellos esclarezcan sobre cada cuestión.
En referencia a fijar opinión debe haber un sinceramiento y terminar con las definiciones incoherentes con nuestra realidad prestacional.
El periodismo no es objetivo, -porque el periodista es un sujeto, no un objeto-, y tampoco es independiente, porque todos dependemos de nuestra propia subjetividad al opinar en los medios. Si es deber de la Prensa ser equilibrados, evitando caer en la siempre existente tentación a la “pluma paga” del propagandismo.
Se han perdido códigos. Algunos para mal, otros para bien.
Para mal: Antes, ningún periodista revelaba su fuente; hoy, muchas crónicas comienzan citando a la fuente como si fuera el sujeto activo de la noticia.
Para bien: Es el hecho de que hoy los periodistas hacen periodismo de periodistas. Criticarnos es bueno porque nos iguala ante toda la población, ayuda a mejorarnos, y elimina el corporativismo aislante que nos ha caracterizado.
Como todo ser humano, el periodista en su trabajo puede contribuir a la comunidad o ser nocivo para ella.
Aportamos cuando oficiamos de puente para que la gente llegue al poder y que sus reclamos sean escuchados.
Ningún periodista se hará rico en su profesión, pero a lo largo de su carrera puede lograr mucha riqueza espiritual usando su innegable puesto de influencia para resolver los problemas de la población, sobre todo de los más necesitados e indefensos.
Es un honor recibir el respaldo de la ciudadanía que ve en los medios de comunicación el reaseguro de que sus inquietudes se harán sentir, pero esto, a su vez, demuestra que las instituciones representativas de control, -votadas y pagadas por el Pueblo-, no funcionan.
Es un orgullo tener la confianza de nuestros vecinos, pero también debemos ser responsables en la devolución de ese sentir, a fin de que sea constructivo para ambas partes.
No debemos olvidar que el darle al oyente, lector o televidente todo lo que la gente quiere escuchar, leer o ver, asegura nuestro éxito, pero contribuye al fracaso de la sociedad.
Queremos concluir esta editorial brindando un homenaje a un colega que se fue hace poco. Alguien que durante décadas aportó a enriquecer el periodismo tresarroyense, y que durante muchos años prestigió la Secretaria de Redacción del Diario La Voz del Pueblo:
MARIO CERIANI, PRESENTE.
viernes 5 de junio de 2009
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